miércoles, 3 de febrero de 2010

El malvado ciudadano

- A ver, usted, ¿a qué dice que tiene alergia?
- A los ruidos, señor comisario.
- ¿Y usted cree que eso justifica los horrendos crímenes de que usted mismo se acusa?
- Sí, señor comisario, en todos los casos se trataba de ellos o de mí. He tirado mentalmente piedras a borrachos vociferantes que pasaban bajo mi ventana en la madrugada. He disparado mentalmente sobre automovilistas que avisaban de su presencia en la calle a amigos o parientes en sus casas, o que celebraban algún acontecimiento con sus bocinas. He puesto mentalmente bombas en automóviles aparcados con alarmas que sonaban durante toda la noche, o en comercios en los que nadie robaba, o en bares abiertos por la noche con una música insoportable. He saboteado mentalmente grandes motores que en la cubierta de edificios arruinaban el descanso de los vecinos. He tirado mentalmente por un acantilado camiones de la basura y máquinas de obras sin protección acústica. He liberado a perros que ladraban durante horas, destruyendo mentalmente las casas que los encerraban ...
- Pero, oiga, usted no ha hecho nada, no le puedo acusar por lo que usted imagina.
- Es igual, señor comisario, yo no puedo ser un buen ciudadano, un ciudadano normal, con estas intenciones. Sólo el ruido que producían mentalmente mis acciones me procuraba un inmenso placer, ya que ensordecía para siempre a los ruidos que me asediaban.
- Calle, calle, aquí no estamos para bromas. Y váyase.
- Pero, señor comisario, soy un ciudadano malvado. He imaginado terribles torturas para los ruidosos, me he deleitado hasta extremos que me avergüenzan ...
- Le repito que aquí no estamos para oir cuentos, ¡fuera!
- Pero, señor comisario ...
- ¡Fuera, que lo echen!

Cuando el malvado ciudadano abandonaba a la fuerza la comisaría, pudo ver al comisario salir del aparcamiento en su coche, con las ventanillas bajadas, escapando por ellas ruidosamente la canción del verano. Y el malvado ciudadano no pudo contenerse mentalmente.

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