Una piedra preciosa desgastada por la talla,
un vencedor en la batalla castigado por sus heridas,
un elefante gastado por el celo,
las resecas orillas de un río en la estación caliente,
la luna en su fase final,
una joven agotada por el juego amoroso
y hombres que han perdido su riqueza con los mendigos:
su extenuación los embellece.
Bhartrihari, poeta indio del s.VII (traducción directa del sánscrito por MSR en Archivum LII-LIII, 2002-2003, p.475)
miércoles, 19 de octubre de 2011
Coro
He comenzado a asistir a los ensayos de un coro de mi ciudad. Tienen la sede en una casa antigua que sólo ellos habitan en el primer piso. Entras al típico portal y escalera de las casas de más de setenta años: baldosas en el suelo, madera en las escaleras y pasamanos, sin ascensor, altura elevada, carboneras… Una vez en el local parece igualmente que retrocedieras en el tiempo, no se ha modernizado nada. Por las paredes del pasillo, de las habitaciones -algunas interiores, las llamadas “italianas”-, cuelgan los diplomas, placas y méritos de glorias pasadas, de pasados días de esplendor. Parece que el coro está ahora en un momento bajo. No me importa. Voy allí a distraerme y hacer algo que me gusta, cantar. Y no olvido las palabras de mi poeta Bhartrihari: “su extenuación los embellece”.
martes, 13 de septiembre de 2011
Atienza
Aún faltaba algo por ver y lo descubrí cuando iba a buscar el coche. Allí estaba, adosado a vulgares construcciones recientes. Fue levantado por Catalina de Láncaster, que seguramente quiso ver cómo era la luz de Castilla a través de la vidriera de una ventana estrecha, alta y ojival. Lo que en Inglaterra habría sido un ábside gótico respetado en su decadencia aquí era un resto empobrecido y maltratado.
martes, 21 de junio de 2011
Me han prohibido la poesía
Me han prohibido la poesía
de los recuerdos, de las mentiras,
de lo que pudo ser y no fue,
de las ensoñaciones,
de los deseos imposibles.
Me han prescrito la poesía del presente,
del goce de los sentidos,
del placer posible y los ojos abiertos,
del quizá mañana.
de los recuerdos, de las mentiras,
de lo que pudo ser y no fue,
de las ensoñaciones,
de los deseos imposibles.
Me han prescrito la poesía del presente,
del goce de los sentidos,
del placer posible y los ojos abiertos,
del quizá mañana.
miércoles, 8 de junio de 2011
Buenos días
Buenos días, Martín,
sonríe, mírate risueño,
acaricia tu cara y mírate al espejo.
Buenos días, hombros, brazos que abrazan,
manos que acarician
y escriben estos diarios versos.
Buenos días, pulmones, curad
y curadme de mi mal,
gracias a vosotros respiro, os quiero.
Buenos días, piernas, rodillas, pies,
gracias por llevarme hasta donde llega el agua,
hasta donde me mira el cielo.
sonríe, mírate risueño,
acaricia tu cara y mírate al espejo.
Buenos días, hombros, brazos que abrazan,
manos que acarician
y escriben estos diarios versos.
Buenos días, pulmones, curad
y curadme de mi mal,
gracias a vosotros respiro, os quiero.
Buenos días, piernas, rodillas, pies,
gracias por llevarme hasta donde llega el agua,
hasta donde me mira el cielo.
jueves, 21 de abril de 2011
Calumnias
La calumnia produce en ocasiones un daño inmenso e irreparable en quien la sufre. Tal vez la solución para acabar con esa práctica de malévolos, miedosos y estúpidos creadores y difusores de bulos, sería que ellos mismos la sufrieran con la misma intensidad y perjuicio.
domingo, 17 de abril de 2011
Rosalía se levantó de la cama (VI)
Una tarde apareció nuevamente Carlos por la confitería. Por la expresión de su cara parecía estar pasando un mal momento. Rosalía lo advirtió al entrar y cruzar por delante del mostrador en dirección al saloncito. Él correspondió triste a la sorpresa y alegre saludo de Rosalía. Ella siguió atendiendo a unos clientes y finalmente se dirigió a tomar la comanda de Carlos. No había aún nadie, de manera que se sentó frente a él, que ocupaba su mesa habitual de otro tiempo.
- ¿Qué tal estás? Hace mucho que no venís por aquí, ¿cómo está Paquita?
- Paquita… no está.
Rosalía abrió los ojos y esperó a que continuara.
- Volvió a su país.
- Pero entonces… ¿no os iba bien? Aunque hacía ya algún tiempo que no os veía, daba por seguro que habíais empezado y continuado una relación.
- Así es, o era. Pero un mal día, cuando menos me lo esperaba, me dijo que se iba, que volvía a su país.
- Pero, por qué, si os iba bien.
- Eso le pregunté yo. Y me dio una respuesta que nunca habría imaginado.
Rosalía continuó mirándole con los ojos muy abiertos.
- Me dijo que me quería, pero que quería volver con su marido. Nunca me había dicho que estuviera casada.
Rosalía abrió la boca, sorprendida.
- Sí, fue una auténtica sorpresa. Me dijo que había estado ahorrando y enviando dinero. Y que ahora su marido la reclamaba. No sé, ahora pienso que tal vez no sea cierto y simplemente quería volver.
- ¿Hace mucho que marchó?
- Hará unos dos meses. Me dijo que la despidiera de ti, que guardaría siempre muy buen recuerdo de tu acogida en la confitería. Pero que prefería que yo te lo contara. Por eso he venido, y para poder decirle a alguien lo que estoy pasando.
Rosalía apoyó su mano en el antebrazo de Carlos.
- Estoy mal, Rosalía. Llegué a enamorarme de ella, a quererla. Casi sin darme cuenta empezó a formar una parte importante de mi vida. Nos veíamos a diario, fuera de su horario de trabajo. Pasábamos fines de semana juntos, en su pensión o ella en la mía. Incluso nos escapamos una vez a Galicia y allí estuvimos una semana en Santiago, donde ella quería ver a una prima. Pero un día, después de haberlo preparado todo en secreto, me dijo que se iba. Que se iba al día siguiente. No pude decir nada hasta el momento en que la vi subirse al autobús para Madrid, donde cogería el avión. Y nos dijimos solamente adiós.
Carlos guardó silencio. Con una servilleta de papel se secó las lágrimas. Rosalía quedó callada un instante.
- ¿Quieres algo?, ¿qué te traigo?
Cuando volvió a la mesa se sentó nuevamente. Aún no había entrado nadie. Carlos continuó.
- Me creía autosuficiente. Nunca pensé que una emoción podría con mi apego a la independencia, a ser libre. Pero ya no siento ese apego. Es como si mi vida hubiera pasado a depender de Paquita. Pensé seriamente en seguirla. Pregunté en su entorno por ella, si sabían su dirección en Colombia. Pero nadie sabía o no quiso decirme nada. Estoy muy mal, Rosalía, me arrastro desde hace dos meses.
Rosalía se levantó y fue al mostrador a atender a unos clientes. Un tiempo después lo vio acercarse para pagar. La miró con una sonrisa triste y le dijo:
- Hasta otro día. Gracias por escucharme.
Quedó pensativa. Recordó su pasado con Fermín y lo tranquila y feliz que se sentía ahora.
------------------------------------
Carlos empezó a frecuentar nuevamente la confitería. Se sentaba en su mesa habitual y pedía lo mismo. Estaba pensativo o trabajaba sobre unos folios escritos haciendo correcciones o anotaciones al margen. Rosalía se quedaba de pie unos instantes junto a su mesa. Hablaban de cómo les iba y volvía nuevamente al mostrador.
Él había encontrado un trabajo que le gustaba. Un amigo, que valoraba el saber y la inteligencia de Carlos, le puso en contacto con el dueño de una pequeña editorial y en ella empezó a trabajar como corrector de estilo. No pagaban mucho, apenas para cubrir sus gastos. Pero no estaba sujeto a un horario ni a un lugar, podía trabajar en cualquier parte y eso le gustaba a Carlos. Por eso en ocasiones llevaba su trabajo a la confitería.
- ¿Qué tal estás? Hace mucho que no venís por aquí, ¿cómo está Paquita?
- Paquita… no está.
Rosalía abrió los ojos y esperó a que continuara.
- Volvió a su país.
- Pero entonces… ¿no os iba bien? Aunque hacía ya algún tiempo que no os veía, daba por seguro que habíais empezado y continuado una relación.
- Así es, o era. Pero un mal día, cuando menos me lo esperaba, me dijo que se iba, que volvía a su país.
- Pero, por qué, si os iba bien.
- Eso le pregunté yo. Y me dio una respuesta que nunca habría imaginado.
Rosalía continuó mirándole con los ojos muy abiertos.
- Me dijo que me quería, pero que quería volver con su marido. Nunca me había dicho que estuviera casada.
Rosalía abrió la boca, sorprendida.
- Sí, fue una auténtica sorpresa. Me dijo que había estado ahorrando y enviando dinero. Y que ahora su marido la reclamaba. No sé, ahora pienso que tal vez no sea cierto y simplemente quería volver.
- ¿Hace mucho que marchó?
- Hará unos dos meses. Me dijo que la despidiera de ti, que guardaría siempre muy buen recuerdo de tu acogida en la confitería. Pero que prefería que yo te lo contara. Por eso he venido, y para poder decirle a alguien lo que estoy pasando.
Rosalía apoyó su mano en el antebrazo de Carlos.
- Estoy mal, Rosalía. Llegué a enamorarme de ella, a quererla. Casi sin darme cuenta empezó a formar una parte importante de mi vida. Nos veíamos a diario, fuera de su horario de trabajo. Pasábamos fines de semana juntos, en su pensión o ella en la mía. Incluso nos escapamos una vez a Galicia y allí estuvimos una semana en Santiago, donde ella quería ver a una prima. Pero un día, después de haberlo preparado todo en secreto, me dijo que se iba. Que se iba al día siguiente. No pude decir nada hasta el momento en que la vi subirse al autobús para Madrid, donde cogería el avión. Y nos dijimos solamente adiós.
Carlos guardó silencio. Con una servilleta de papel se secó las lágrimas. Rosalía quedó callada un instante.
- ¿Quieres algo?, ¿qué te traigo?
Cuando volvió a la mesa se sentó nuevamente. Aún no había entrado nadie. Carlos continuó.
- Me creía autosuficiente. Nunca pensé que una emoción podría con mi apego a la independencia, a ser libre. Pero ya no siento ese apego. Es como si mi vida hubiera pasado a depender de Paquita. Pensé seriamente en seguirla. Pregunté en su entorno por ella, si sabían su dirección en Colombia. Pero nadie sabía o no quiso decirme nada. Estoy muy mal, Rosalía, me arrastro desde hace dos meses.
Rosalía se levantó y fue al mostrador a atender a unos clientes. Un tiempo después lo vio acercarse para pagar. La miró con una sonrisa triste y le dijo:
- Hasta otro día. Gracias por escucharme.
Quedó pensativa. Recordó su pasado con Fermín y lo tranquila y feliz que se sentía ahora.
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Carlos empezó a frecuentar nuevamente la confitería. Se sentaba en su mesa habitual y pedía lo mismo. Estaba pensativo o trabajaba sobre unos folios escritos haciendo correcciones o anotaciones al margen. Rosalía se quedaba de pie unos instantes junto a su mesa. Hablaban de cómo les iba y volvía nuevamente al mostrador.
Él había encontrado un trabajo que le gustaba. Un amigo, que valoraba el saber y la inteligencia de Carlos, le puso en contacto con el dueño de una pequeña editorial y en ella empezó a trabajar como corrector de estilo. No pagaban mucho, apenas para cubrir sus gastos. Pero no estaba sujeto a un horario ni a un lugar, podía trabajar en cualquier parte y eso le gustaba a Carlos. Por eso en ocasiones llevaba su trabajo a la confitería.
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