sábado, 16 de mayo de 2015

Hoy hace dos años que murió Martín.
El paso del tiempo va mitigando poco a poco la tristeza de los primeros meses y los recuerdos alegres de los momentos compartidos con él van sustituyéndola.
Cogí el coche al mediodía y fui hasta Villaviciosa. Era el paseo que solía hacer con él. A la ida por la carretera vieja subiendo El Infanzón y a la vuelta por la autopista pisando fuerte porque el dolor ya había vuelto a aparecer y tenía gana de llegar a casa. Esta vez también volví por la autopista pero lo hice despacio.
Después me senté en el Náutico. Hace un día precioso y en el horizonte hay algunas nubes de colores alegres. Está subiendo la marea y las olas saltan por encima de El Muro. Algún que otro turista desprevenido se moja.
Voy a pedir que se cierre su perfil en Facebook pero este blog lo voy a dejar como está.
Isabel Sevilla


martes, 6 de marzo de 2012

Los, las

Discuten académicos contra feministas: no hay que invadir el léxico con dobles términos de género femenino, pues ‘médicos’, como término no marcado, ya implica ‘médicas’. Pero por alguna razón –podrían alegar ellas- el término no marcado es morfológicamente masculino. Y si el lenguaje en un momento dado, yendo contra el principio de economía, inunda el léxico con dobles términos, ello significará también algo. Que algo está pasando en esa sociedad.

La batalla de las batallas

Batalla dura, terrible a veces, e insidiosa es la que uno libra contra sí mismo. Para derribar papeles aprendidos, conductas condicionadas, falsas creencias. En ella nos jugamos mucho: paz mental, salud, felicidad.

lunes, 16 de enero de 2012

Mi trabajo

Tal vez he dedicado mi actividad académica investigadora a más direcciones de las que podía ser capaz. También en nuestro mundo, el de las Humanidades, hay que especializarse profundamente para conseguir novedades o avances.

Pero observo que con mis variopintos saberes he llegado y motivado a algunas personas para ser felices sabiendo más. Me lo han dicho varias veces a lo largo de mi vida académica. Particularmente me siento muy gratificado cuando se me acercan antiguos alumnos y me elogian calurosamente, dejándome sorprendido y con la agradable sensación de no haber perdido el tiempo. O cuando nuevos alumnos se acercan a mi despacho y quieren saber más o contrastar sus ideas incipientes, apasionadas a veces, sobre este mundo antiguo y clásico que nos gusta.

He dedicado investigación a la toponimia y vocabulario prelatinos, al sánscrito y su literatura y filosofía, a la filosofía griega. En ello he sentido el placer del investigador al hallar algunas cosas nuevas, según creo. Pero donde más a gusto me encuentro ahora es en la filosofía antigua grecolatina, en los textos que sentaron las bases de nuestro modo de pensar y que siguen plenamente vigentes para lo que realmente importa: nuestra conducta. Porque en ellos se encuentra la actitud que hace amar y desear la vida, vivirla con reflexión, que es la única manera decente de vivir.

sábado, 5 de noviembre de 2011

San Glorio

Hace unos días subí el puerto de San Glorio, de Cantabria a León, conduciendo un descapotable y oyendo la Suite nº 2 en Si Menor de Bach. Comencé subiendo con alguna alegría, la carretera estaba desierta y la música animaba. Después, a cada curva, el paisaje empezó a atraparme. Robles, hayas, castaños, en los colores propios del otoño, hicieron que bajara la marcha para contemplar el espectáculo. Picos que parecían elevados iban quedando poco a poco a mi altura y después superados. Trinos de pájaros se sobreponían a la música que iba escuchando.

Y así llegué a la cima del puerto, con el alma apretada por tanta belleza. Aparqué en una plataforma desde la que se divisaba la tortuosa subida y los montes que la circundaban. Y pensé que así había llegado hasta esta altura de mi vida, al principio corriendo un poco, para después deleitarme con la dificultad de la ruta y la belleza del paisaje.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Extenuación

Una piedra preciosa desgastada por la talla,
un vencedor en la batalla castigado por sus heridas,
un elefante gastado por el celo,
las resecas orillas de un río en la estación caliente,
la luna en su fase final,
una joven agotada por el juego amoroso
y hombres que han perdido su riqueza con los mendigos:
su extenuación los embellece.

Bhartrihari, poeta indio del s.VII (traducción directa del sánscrito por MSR en Archivum LII-LIII, 2002-2003, p.475)

Coro

He comenzado a asistir a los ensayos de un coro de mi ciudad. Tienen la sede en una casa antigua que sólo ellos habitan en el primer piso. Entras al típico portal y escalera de las casas de más de setenta años: baldosas en el suelo, madera en las escaleras y pasamanos, sin ascensor, altura elevada, carboneras… Una vez en el local parece igualmente que retrocedieras en el tiempo, no se ha modernizado nada. Por las paredes del pasillo, de las habitaciones -algunas interiores, las llamadas “italianas”-, cuelgan los diplomas, placas y méritos de glorias pasadas, de pasados días de esplendor. Parece que el coro está ahora en un momento bajo. No me importa. Voy allí a distraerme y hacer algo que me gusta, cantar. Y no olvido las palabras de mi poeta Bhartrihari: “su extenuación los embellece”.

martes, 13 de septiembre de 2011

Atienza

Aún faltaba algo por ver y lo descubrí cuando iba a buscar el coche. Allí estaba, adosado a vulgares construcciones recientes. Fue levantado por Catalina de Láncaster, que seguramente quiso ver cómo era la luz de Castilla a través de la vidriera de una ventana estrecha, alta y ojival. Lo que en Inglaterra habría sido un ábside gótico respetado en su decadencia aquí era un resto empobrecido y maltratado.

martes, 21 de junio de 2011

Me han prohibido la poesía

Me han prohibido la poesía

de los recuerdos, de las mentiras,

de lo que pudo ser y no fue,

de las ensoñaciones,

de los deseos imposibles.

Me han prescrito la poesía del presente,

del goce de los sentidos,

del placer posible y los ojos abiertos,

del quizá mañana.

miércoles, 8 de junio de 2011

Buenos días

Buenos días, Martín,
sonríe, mírate risueño,
acaricia tu cara y mírate al espejo.

Buenos días, hombros, brazos que abrazan,
manos que acarician
y escriben estos diarios versos.

Buenos días, pulmones, curad
y curadme de mi mal,
gracias a vosotros respiro, os quiero.

Buenos días, piernas, rodillas, pies,
gracias por llevarme hasta donde llega el agua,
hasta donde me mira el cielo.

jueves, 21 de abril de 2011

Calumnias

La calumnia produce en ocasiones un daño inmenso e irreparable en quien la sufre. Tal vez la solución para acabar con esa práctica de malévolos, miedosos y estúpidos creadores y difusores de bulos, sería que ellos mismos la sufrieran con la misma intensidad y perjuicio.

domingo, 17 de abril de 2011

Rosalía se levantó de la cama (VI)

Una tarde apareció nuevamente Carlos por la confitería. Por la expresión de su cara parecía estar pasando un mal momento. Rosalía lo advirtió al entrar y cruzar por delante del mostrador en dirección al saloncito. Él correspondió triste a la sorpresa y alegre saludo de Rosalía. Ella siguió atendiendo a unos clientes y finalmente se dirigió a tomar la comanda de Carlos. No había aún nadie, de manera que se sentó frente a él, que ocupaba su mesa habitual de otro tiempo.

- ¿Qué tal estás? Hace mucho que no venís por aquí, ¿cómo está Paquita?
- Paquita… no está.

Rosalía abrió los ojos y esperó a que continuara.

- Volvió a su país.
- Pero entonces… ¿no os iba bien? Aunque hacía ya algún tiempo que no os veía, daba por seguro que habíais empezado y continuado una relación.
- Así es, o era. Pero un mal día, cuando menos me lo esperaba, me dijo que se iba, que volvía a su país.
- Pero, por qué, si os iba bien.
- Eso le pregunté yo. Y me dio una respuesta que nunca habría imaginado.
Rosalía continuó mirándole con los ojos muy abiertos.
- Me dijo que me quería, pero que quería volver con su marido. Nunca me había dicho que estuviera casada.

Rosalía abrió la boca, sorprendida.

- Sí, fue una auténtica sorpresa. Me dijo que había estado ahorrando y enviando dinero. Y que ahora su marido la reclamaba. No sé, ahora pienso que tal vez no sea cierto y simplemente quería volver.
- ¿Hace mucho que marchó?
- Hará unos dos meses. Me dijo que la despidiera de ti, que guardaría siempre muy buen recuerdo de tu acogida en la confitería. Pero que prefería que yo te lo contara. Por eso he venido, y para poder decirle a alguien lo que estoy pasando.

Rosalía apoyó su mano en el antebrazo de Carlos.

- Estoy mal, Rosalía. Llegué a enamorarme de ella, a quererla. Casi sin darme cuenta empezó a formar una parte importante de mi vida. Nos veíamos a diario, fuera de su horario de trabajo. Pasábamos fines de semana juntos, en su pensión o ella en la mía. Incluso nos escapamos una vez a Galicia y allí estuvimos una semana en Santiago, donde ella quería ver a una prima. Pero un día, después de haberlo preparado todo en secreto, me dijo que se iba. Que se iba al día siguiente. No pude decir nada hasta el momento en que la vi subirse al autobús para Madrid, donde cogería el avión. Y nos dijimos solamente adiós.

Carlos guardó silencio. Con una servilleta de papel se secó las lágrimas. Rosalía quedó callada un instante.

- ¿Quieres algo?, ¿qué te traigo?

Cuando volvió a la mesa se sentó nuevamente. Aún no había entrado nadie. Carlos continuó.

- Me creía autosuficiente. Nunca pensé que una emoción podría con mi apego a la independencia, a ser libre. Pero ya no siento ese apego. Es como si mi vida hubiera pasado a depender de Paquita. Pensé seriamente en seguirla. Pregunté en su entorno por ella, si sabían su dirección en Colombia. Pero nadie sabía o no quiso decirme nada. Estoy muy mal, Rosalía, me arrastro desde hace dos meses.

Rosalía se levantó y fue al mostrador a atender a unos clientes. Un tiempo después lo vio acercarse para pagar. La miró con una sonrisa triste y le dijo:
- Hasta otro día. Gracias por escucharme.

Quedó pensativa. Recordó su pasado con Fermín y lo tranquila y feliz que se sentía ahora.

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Carlos empezó a frecuentar nuevamente la confitería. Se sentaba en su mesa habitual y pedía lo mismo. Estaba pensativo o trabajaba sobre unos folios escritos haciendo correcciones o anotaciones al margen. Rosalía se quedaba de pie unos instantes junto a su mesa. Hablaban de cómo les iba y volvía nuevamente al mostrador.

Él había encontrado un trabajo que le gustaba. Un amigo, que valoraba el saber y la inteligencia de Carlos, le puso en contacto con el dueño de una pequeña editorial y en ella empezó a trabajar como corrector de estilo. No pagaban mucho, apenas para cubrir sus gastos. Pero no estaba sujeto a un horario ni a un lugar, podía trabajar en cualquier parte y eso le gustaba a Carlos. Por eso en ocasiones llevaba su trabajo a la confitería.

Como los perros y el gato: Platón y los cínicos

Comunicación: “Como los perros y el gato: Platón y los cínicos”, dentro de las XX Jornadas de Filología Clásica, Oviedo, 5 al 7 de Abril de 2011, organizadas por el Departamento de Filología Clásica y Románica de la Universidad de Oviedo y la Delegación de Asturias y Cantabria de la Sociedad Española de Estudios Clásicos, Lugar: Salón de Grados del Departamento de Filología Clásica y Románica Fecha: 06-04-11

Como los perros y el gato: Platón y los cínicos


Martín Sevilla Rodríguez

Universidad de Oviedo

1. Para dibujar la figura filosófica de Sócrates contamos con los diálogos de su discípulo Platón y las obras dedicadas a su maestro por su condiscípulo Jenofonte. De una y otra fuente se deducen dos Sócrates diferentes. Cuál de ellos habría sido el más próximo al real, es ya una vieja y debatida cuestión.

En todo caso la compleja enseñanza filosófica del maestro Sócrates produjo el germen de las escuelas surgidas de la actividad de sus discípulos, tan diversas entre sí. No es preciso insistir aquí en las profundas diferencias que separan la lógica, la física o la ética de tales corrientes filosóficas, ni tampoco en la profunda y desigual influencia que tuvieron tales corrientes en la historia de la filosofía.

Lo que querría presentarles en esta breve exposición es lo que sabemos de las relaciones personales entre algunos de sus condiscípulos más notorios, relaciones marcadas por las diferencias de pensamiento ya en los inicios de sus respectivas andaduras filosóficas tras la muerte del maestro. La escuela de Platón, la Academia, y posteriormente el Perípato, la escuela de Aristóteles, constituyeron en su tiempo grupos cerrados en torno al sistema filosófico de sus fundadores.

En ellas el quehacer fundamental era la transmisión y el comentario del corpus constituido por las obras de los escolarcas, pudiendo darse en ocasiones desviaciones del mismo, como en el caso de la deriva escéptica de Carnéades en la escuela platónica.

En tales corpus platónico y aristotélico puede decirse que sobresalieron la lógica y la física: el modo del conocimiento, las reglas del razonamiento, los estudios sobre la naturaleza. Es verdad que tanto Platón como Aristóteles escribieron importantes obras en el ámbito de la ética, pero el legado de ambos a la historia de la filosofía antigua aparece representado fundamentalmente por aportaciones tales como la teoría de las Ideas en Platón o la silogística de Aristóteles. En todo caso la ética que desarrollaron ambos pensadores iba dirigida, bien a tratar de ordenar la vida social dentro del estado, como en el caso de la República de Platón, bien era estudiada desde un punto de vista sistemático y objetivo, como conjunto de ideas y posibilidades acerca de la conducta, así la Ética a Nicómaco de Aristóteles. Lo que pretende decirse es que las obras éticas de Platón y Aristóteles harían referencia a una ética que podríamos calificar de exógena, donde el referente sería la sociedad o el estudio sistemático y general de ideas que conocemos como ética.

Sin embargo en el cinismo, estoicismo, epicureísmo y escepticismo, la ética sería endógena, el referente era el propio individuo, y el fin fundamental del quehacer filosófico era llevar la paz del alma al ciudadano individual, no ya de una pólis concreta o idealizada, sino al ciudadano del mundo, por encima de fronteras, costumbres y religiones.

Cabe añadir también que frente al tipo de escuela que constituían las de Platón y Aristóteles, las citadas escuelas helenísticas constituían en su mayor parte grupos abiertos que se reunían en lugares públicos en los que se discutía todo tipo de ideas o aspectos de la realidad, más bien que sistemas cerrados o directrices acuñadas por sus fundadores. El fin era conseguir, para todo aquel que quisiera añadirse, la tan ansiada ataraxía, la paz o imperturbabilidad del alma.

Por otra parte ya no es sólo la profunda diferencia de ideas y fines lo que separa el quehacer filosófico de Platón y otras escuelas como la de los cínicos, sino también, y esto es muy importante para abarcar completamente el sentido de las anécdotas que se cuentan entre ellos, la diferencia de estrato o posición social en que se encuentran sus protagonistas. Platón pertenecía a la nobleza ateniense, era descendiente por vía materna del legislador Solón, tal como transmite Diógenes Laercio . Y por la misma fuente sabemos que su condiscípulo Antístenes, el fundador de la escuela cínica, no era para sus conciudadanos enteramente ateniense, sino que le reprochaban el origen tracio de su madre . Por su parte Diógenes, discípulo que superaría con mucho en fama a su maestro Antístenes, era un inmigrante, un exiliado de Sinope, en la orilla meridional del Mar Negro, de donde habría escapado con su padre, responsable de la fabricación de moneda en la ciudad, por haber acuñado moneda falsa, aunque otras fuentes incluyen al hijo en tal hecho o incluso le hacen enteramente responsable de él . Frente a Platón, pues, Antístenes y Diógenes están en una posición social muy inferior y la inquina que debía producirse a causa de esta diferencia se deja entrever en muchas de las anécdotas que nos han transmitido Diógenes Laercio y otros autores.

A través, pues, de las anécdotas que seguirán a continuación podremos comprobar cómo algunos de los discípulos de Sócrates reflejaron la práctica de sus quehaceres filosóficos en su propia conducta y en sus relaciones individuales y sociales.

2. Proclo, un comentarista de Platón, pone en boca de Antístenes el siguiente razonamiento: “No es posible la contradicción, pues todo lo que se dice es verdad, ya que el que habla dice algo; el que dice algo dice algo existente y el que dice algo existente dice la verdad. Por lo tanto hay que concluir, con respecto a aquello de que existe también la mentira y que nada impide al que dice algo existente decir mentira, que el que habla, habla sobre algo y no habla de aquella o de esta manera”. Antístenes parece confundir el enunciado y sus referentes. Existe evidentemente el enunciado pero no necesariamente los referentes enunciados en él.

Platón se burló de Antístenes por esta argumentación, claramente un sofisma tan del gusto de la época, y éste, despechado, escribió un diálogo en contra de Platón que tituló Sáthôn, un epíteto grosero en la época, que viene a significar algo así como alguien muy bien dotado en cierta parte. Parece evidente que a Platón nunca se le habría ocurrido dar un título como éste a uno de sus diálogos; por éste y otros hechos puede comprenderse también por qué la tradición clásica dejó perderse los numerosos diálogos escritos por Antístenes, Diógenes y los demás cínicos.

Que Antístenes se situaba claramente en una posición empirista frente a la peculiar teoría del conocimiento de su condiscípulo, se ve en aquella anécdota en la que Antístenes le objeta que ve al caballo, pero no ve la “caballeidad”. Platón le contesta que tiene ojos para ver al caballo, pero no tiene lo que hay que tener para percibir la “caballeidad” .

Y parecida anécdota tiene lugar entre Platón y el discípulo de Antístenes que sobrepasaría en fama al maestro: Diógenes. Hablando Platón de su teoría de las Ideas le replicaba Diógenes que veía la mesa y la taza pero no la “meseidad” ni la “taceidad”. A lo que contestó Platón, parecidamente a Antístenes, que tenía ojos para ver la mesa y la taza, pero no inteligencia para ver la “meseidad” y la “taceidad” .

Enfrentamientos doctrinales también opusieron a Diógenes frente a Platón, como cuando habiendo definido Platón al hombre como un bípedo sin plumas y siendo aplaudido por ello, Diógenes lanzó en medio de todos un gallo que había desplumado diciendo que ése era el hombre de Patón. Y desde entonces se añadió a la definición “(bípedo sin plumas) con uñas anchas”. No es seguro de todos modos que tal definición se deba a Platón.

En consecuencia de tales enfrentamientos doctrinales, la calumnia y los insultos fueron habituales entre ellos. Al enterarse de que Platón hablaba mal de él, Antístenes contestó que era propio de reyes oír que hablan mal de ti cuando obras bien.

Y a la inversa, oyendo Antístenes en cierta ocasión a alguien que calumniaba a Platón, le dijo que lo dejara, que no le convencería de sus calumnias de la misma manera que Platón no le convencería si hablara bien de su calumniador. De modo parecido contesta Diógenes a uno que le insultaba, diciéndole que nadie creería a Diógenes si hablara bien de su ofensor, de la misma manera que nadie creerá al ofensor hablando mal de Diógenes.

Y cuando Platón llama ‘perro’ a Diógenes, éste en modo alguno lo acepta como insulto, sino que incluso lo justifica indicando que era cierto, puesto que volvía con los que le habían vendido, esto es, que volvía como un perro fiel e importuno a molestar a los que le habían echado de su lado . Recuérdese que el nombre de ‘cínicos’ les viene a tales filósofos de su apelativo en griego: kunikoí, esto es, literalmente, ‘los perrunos’. Según algunos deberían su nombre al hecho de haber empezado Antístenes a discutir y conversar en el gimnasio de Cinosargo, consagrado a Heracles, que estaba situado fuera de los muros de Atenas y era utilizado por quienes no eran de puro linaje ateniense; su nombre compuesto contenía como primer elemento el nombre del ‘perro’: Kunósarges. La otra versión del porqué de su nombre, ‘los perrunos’, ‘los que son como perros’, vendría justificada por su modo de vida natural y alejada de todo tipo de convenciones sociales.

Entre el insulto y el elogio, si esto es posible, cabría situar el juicio que impone Platón a Diógenes cuando alguien le preguntó qué clase de hombre le parecía y Platón contestó que Diógenes era un “Sócrates enloquecido”.

Y así, sin perder nunca la relación personal que les había unido escuchando a su maestro Sócrates, continuaron los cínicos, como perros que se consideraban, acosando al gato aristócrata y desdeñoso Platón, que sin embargo era habitualmente considerado por ellos, en tanto que miembro de la aristocracia ateniense, como un caballo arrogante y vanidoso . De este modo, viendo en cierta ocasión a un caballo que relinchaba exageradamente, Antístenes le dijo a Platón que se parecía a un caballo en tal circunstancia, ya que a Antístenes su condiscípulo le parecía muy vanidoso.

Del mismo modo, en cierta ocasión que Platón estaba enfermo, Antístenes le hizo una visita y al ver la palangana donde había vomitado le dijo que veía bilis en ella, pero no su vanidad.

Tratándose esta vez de Diógenes, un día que Platón había invitado a su casa a amigos que venían de parte de Dionisio, el tirano de Sicilia, Diógenes pisoteaba sus alfombras y decía que pisaba la fatuidad de Platón. Platón contestó que él, Diógenes, hacía ver su vanidad haciendo gala de no ser vanidoso. Otros dicen que Diógenes habría dicho que pisoteaba la vanidad de Platón y que Platón habría dicho a su vez que él, Diógenes, la pisaba con otro tipo de vanidad.

Sin embargo Platón no perdió la ocasión tampoco de contraatacar con las mismas armas al respecto de Diógenes, como puede apreciarse por lo siguiente. En cierta ocasión un grupo de atenienses mojó con agua a Diógenes en el sitio donde se encontraba y dándoles lástima a los que pasaban por allí, Platón, que estaba cerca, les dijo que se alejaran si realmente querían compadecerse de él. Platón quería hacer patente con ello la vanidad de Diógenes, haciéndose la víctima como consecuencia de su práctica de vida, libre y anticonvencional. Recuérdese también el reproche de Sócrates a Antístenes, cuando poniendo Antístenes a la vista la parte agujereada de su manto, le dijo Sócrates: “Veo a través del manto tu vanagloria”.

En la vanidad de Platón, esta vez, habría que situar la siguiente anécdota. Se le echaba en cara a Diógenes ser un pedigüeño, mientras que Platón no lo era, y Diógenes contestó que Platón también lo era, pero: “[que habla] acercando la cabeza, para que los demás no se enteren”. citando un verso de la Odisea en el que Telémaco se dirige a Atenea que ha llegado disfrazada a Ítaca y no quiere que le oigan los pretendientes.

Sin embargo, la fama más asentada de Platón entre los cínicos era la que le colocaba el rótulo de charlatán. Un día que Antístenes oía a Platón en su escuela hablar sin parar, comentó que no era el público el que debía amoldarse al conferenciante, sino el conferenciante al público . Antístenes sostenía que la virtud es escasa en palabras, mientras que el vicio parlotea sin fin , y Laercio nos transmite que una vez que Diógenes le pidió vino a Platón éste le envió una jarra a rebosar y Diógenes se burló de él diciéndole que si respondería veinte cuando se le preguntase cuánto son dos más dos. Diógenes sostenía que Platón no sabía dar con precisión lo que se le pedía, de la misma manera que no sabía responder con precisión a lo preguntado, sino que respondía como un charlatán.

Otra variante de esta anécdota es la siguiente: Diógenes le pidió a Platón tres higos de su jardín y éste le envió un medimno lleno de ellos , a lo que Diógenes comentó que del mismo modo respondía diez mil cosas cuando se le preguntaba una.

Esa también fue parte de la herencia que recibió Diógenes de su maestro Antístenes con respecto a Platón, pues Diógenes consideraba la enseñanza de Platón una pérdida de tiempo: su “pasatiempo” –decía- es una “pérdida de tiempo” (haciendo juego de palabras con diatribê y katatribê.

Y así, en numerosas ocasiones, vuelve una y otra vez el reproche de Diógenes en el mismo sentido: Diógenes le preguntaba a Platón si había escrito las Leyes y la República y cuando éste contestó que sí le preguntó de nuevo si podía haber una república sin leyes, a lo que Platón contestó que no; entonces Diógenes preguntó finalmente para qué había escrito sobre Leyes si ya había escrito la República.

O a la inversa de la anécdota anterior: un día que estaba Diógenes comiendo higos secos encontró a Platón y le dijo que podía coger. Platón cogió y se puso a comerlos y entonces Diógenes le dijo que le había dicho cogerlos y no devorarlos.

A modo de resumen de tales acusaciones de ‘charlatán’, podría incluirse esta opinión de Diógenes, esclarecedora y sorprendente. Con respecto a Platón, Diógenes preguntaba de qué puede servir alguien que lleva dedicado mucho tiempo a filosofar sin inquietar a nadie . No es de extrañar el afecto filosófico que sentía Nietzsche por los cínicos, a propósito de esta opinión y los rasgos propios que los caracterizaban: autosuficientes y anticonvencionales.

Otro de los reproches que, en el contexto adecuado, Diógenes no perdía ocasión de hacerle a Platón era a propósito de sus viajes a la corte del tirano Dionisio en Sicilia, entendiendo el cínico que Platón buscaba parasitar a Dionisio con la disculpa de pretender influir en su gobierno según las ideas políticas del autor de la República. Así, cierto día que se encontraban en un gran banquete, Diógenes vio a Platón coger aceitunas de un plato y le preguntó si él, que había atravesado el mar para ir hasta Sicilia en busca de mesas bien provistas, no aprovechaba ahora que las tenía delante de él. Platón le contestó que por supuesto que sí, que tanto allí como aquí comía aceitunas y comidas parecidas . Entonces Diógenes le replicó qué necesidad tenía en tal caso de navegar a Siracusa, habiendo aceitunas en el Ática. Platón había estado en tres ocasiones en Siracusa , en la corte, primero, de Dionisio el Viejo y después de Dionisio el Joven, su hijo, para atraerlos a la filosofía.

Y para terminar finalmente este conjunto de anécdotas podría seguir la siguiente, en la que Platón y Diógenes hacen gala de sus peculiares conductas. Parece que Platón le devolvió a Diógenes su crítica de parásito de Dionisio a la inversa, como cuando viendo a Diógenes lavando lechugas le dijo que si hubiera cultivado a Dionisio no tendría que lavar lechugas. Diógenes le contestó que si Platón hubiera lavado lechugas no habría tenido que hacerle la corte a Dionisio .

miércoles, 5 de enero de 2011

Regalos

Quisiera dejar constancia de mi dificultad para hacer regalos. No por avaricia, pues no me parece que no sea generoso, sino porque intento “poner” demasiado en el regalo. Me refiero a que abrigo más o menos conscientemente la pretensión de hacer el regalo perfecto. Y así nada es lo suficientemente bueno para regalar.

También me ocurre que imagino el regalo que quiero hacer, joya u otra cosa, y cuando lo busco es lo más fácil que no lo encuentre. Con tales inconvenientes me resulta un enorme esfuerzo intentar hacerle un regalo a alguien.

Es una de esas facetas en las que uno debería luchar contra sí mismo, siempre que encuentre la manera de cómo hacerlo. Tal vez en este caso el modo de superar la dificultad de regalar sería aceptando el fracaso, como parte integrante de cualquier deseo en la vida. “Lo que importa es la intención”, se dice. Y es cierto. Lo mejor de regalar es querer hacerlo y tener a quien hacerlo. Lo demás, que guste o no el regalo, es un azar inevitable.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Sobre las ofensas

Cuando nos insultan o nos mienten acerca de nuestra conducta tendemos instintivamente a reaccionar respondiendo del mismo modo. Solemos insultar a nuestra vez o tendemos a devolver la ofensa ofendiendo también nosotros. Esta parece ser la conducta más general. Este modo de reaccionar consiste básicamente en imitar, reproducir la conducta del ofensor. Y esto, si lo pensamos bien, resulta absurdo: yo no tengo por qué ponerme en el papel de otro, haga lo que haga el otro. Y mucho menos imitar a otro cuando rompe una regla, la del respeto a los demás.

Es cierto que cuando nos insultan o nos ofenden sentimos daño y a continuación enfado o cólera. Pero esta es una reacción emocional que debería ser suprimida. ¿Por qué razón tendría que dolerme a mí algo que me parece falso o que no se corresponde a mi conducta? Ese dolor podría tener justificación si ese insulto u ofensa procediera de una persona a la que nos sentimos ligados por cariño, amistad o amor. Pero si procede de un desconocido, ¿por qué valoramos tal insulto u ofensa si esas palabras y su autor nada tienen que ver con nosotros?

Lo más que deberíamos hacer sería señalar ese insulto o esa ofensa como una falta a la convivencia, como un incumplimiento de la ley del respeto hacia uno mismo y hacia los demás. Así lo interpretaban los antiguos cínicos cuando escribían en su propia frente el nombre del agresor. La ofensa pertenece al que ofende, el hecho es suyo, al ofendido no le incumbe, y el ofensor debe reconocerlo y pagar por ello.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Adula, que algo queda

Lástima que cuanto más sinceras, más secretas se vuelvan las opiniones. Y a veces se ocultan para aparentar que se piensa lo contrario. Parece que en la red han caído miles de documentos secretos que tienen que ver con las relaciones entre estados, políticos y gente poderosa. Se dicen cosas que desmienten lo que leemos y oímos en los medios de comunicación. Detrás de los abrazos, las caras sonrientes, las buenas palabras, las promesas, está el puñal de la indiferencia o el desprecio. Como entre las personas así entre los estados y los poderosos. Qué larga historia tiene la adulación y la apariencia.

viernes, 19 de noviembre de 2010

La mala gente en la política

Alguien podría preguntar: ¿qué entiendes por mala gente? Vamos a simplificar: alguien que no te gustaría tener como yerno o como nuera, pongamos por ejemplo. Alguien que no te gustaría que asociara su vida a la de tus hijos debido a su personalidad, a su educación o a su incultura.

Echemos un vistazo a los ciudadanos que trabajan en política, tal como nos los muestran los medios de comunicación. Es verdad que tales medios, según su orientación, nos ofrecen de los políticos visiones deformadas en muchas ocasiones. Pero en general reproducen frases, gestos o actitudes que no son desmentidos y que podríamos aceptar como verídicos en la conducta de esos ciudadanos. Pues bien, ¿qué es lo que vemos y oímos? No son pocos los que hieren la vista y el oído con sus gestos y palabras. Dirán que en todas las profesiones hay cumplidores buenos, malos y regulares. Pero, ¿por qué en política nos ofende más que haya malos personajes? Tal vez sea porque nos representan a todos en las instancias de poder. Y en un momento dado nos chirría alguien de la lista del partido que hemos votado (o que no hemos votado).

Porque no creo que los ciudadanos en general veamos sólo los fallos en los representantes de los partidos políticos que no apoyamos. Precisamente eso pretenden o ingenuamente creen algunos políticos. La escasa inteligencia, las faltas de preparación, educación y cultura, lo chabacano, lo soez, el machismo irredento, la corrupción, etc., se ve en todas partes y lo ve cualquiera que no esté cegado por el fanatismo y sea medianamente perspicaz.

¿Cómo podríamos acabar con ese porcentaje de mala gente en la política? Sencillamente negándonos a votar la lista en la que aparezca alguno de esos personajes, sea cual sea el partido al que pertenezca. Dentro de sus respectivos partidos están bien afianzados en ocasiones, gracias a un funcionamiento interno en el que priman más las malas artes que el mérito personal. Y los vemos repetir en las listas, elección tras elección. Todos tenemos preferencias en política, claro está, pero apliquemos rigurosamente ese veto al indeseable, aún a costa de introducir el sobre vacío en la urna.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Los bienes que necesitamos

A veces nos rodeamos de muchas cosas por el placer indiscriminado que brindan. Nos atiborramos de posesiones que en la mayoría de los casos han dejado de proporcionarnos el placer que un día nos dieron.

Y eso es así porque en su momento no supimos evaluar suficientemente lo que representaban tales bienes para nuestro bienestar. La mayoría de las cosas nos ofrece un disfrute efímero, pero nos damos cuenta cuando ya hemos dejado de sentir interés por ellas.

Antes de adquirir, de tener, deberíamos ejercitar la valoración justa de lo que nos apetece, hacer una prospección de su futuro disfrute. Y así comprobaríamos que lo que es realmente necesario para un bienestar constante y duradero es bien poco. Apenas algunas cosas –que no por ello serán a veces de fácil acceso- para nuestra subsistencia física. Y para nuestra subsistencia emocional, para nuestra felicidad, ser o estar, preferiblemente a tener: ser sabio o estar enamorado, mejor que abundar en bienes que estrictamente no necesitamos.

Por el esfuerzo hacia el placer

Nuestra capacidad mental, superior a la del resto de los seres vivos, nos lleva a veces a alejarnos del modelo de vida de los seres animados. Y esto conduce a la infelicidad y al dolor.

Fijémonos en los animales. Desde que nacen deben actuar para conservar la vida, primero ayudados por sus progenitores, después sólos. Deben subsistir por medio del esfuerzo en buscar su presa o actuar de determinada manera para no ser atacados y muertos. Consiguen pues el placer de la comida o la reproducción mediante un esfuerzo previo a esos placeres.

Los seres humanos sin embargo, gracias a la tecnología que nuestras mentes han producido, hemos reducido hasta extremos peligrosos el esfuerzo necesario para mantener la vida. Claro está que esto va referido a determinadas regiones del mundo, a lo que llamamos el primer mundo.

Hemos llegado a tener la ilusión de que apenas hay que hacer nada para poder vivir, hemos llegado a creer que la vida es una secuencia de placeres que son graciosamente dados sin apenas esfuerzo. El mundo occidental es frecuente en prototipos de hombres y mujeres que parecen rodeados de placer sin que tengan que pagar precio alguno por ello.

Y esta idea ha pasado a los jóvenes, a su educación, con una superprotección de la que somos culpables los padres y los educadores. En la educación de los jóvenes y en el mundo de los adultos debería ser constante el modelo de la vida animal, exento, claro está, de la agresividad que les es propia. Vivimos, esto es, nacemos, crecemos, nos multiplicamos con el incentivo del placer, sí, pero al que hay que llegar con un esfuerzo previo. Sólo ese placer es auténtico o válido; el que se nos da sin él acaba por dejar de ser placer y se convierte en algo anodino: la vida se vuelve insípida y exigimos más sin saber qué ni a quién pedirlo.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Los programas para “hablar bien”

Hay en la radio y la televisión programas para “hablar bien”. En ellos se recuerdan normas gramaticales mal empleadas ocasionalmente, se comentan expresiones o giros mal aplicados, se denuncian sustantivos o adjetivos lanzados al estrellato léxico, etc. Ejemplo reciente de esto último podría ser un adjetivo que está teniendo una fulminante carrera en los medios de comunicación: las cosas, los hechos, ya no son feos, malos o difíciles, sino “complicados”. Parece que se trata de un uso que pretende atenuar –no sé por qué- una gravedad. Porque decir de un barrio arrasado por un movimiento de tierras que está en una situación “complicada”, como he oído en la televisión, me parece de burla dada la gravedad del asunto.

Sin embargo, aún a riesgo de parecer contradictorio, una vez que se aprecia un hecho de este tipo, una vez que somos conscientes de nuevos usos y desusos de palabras, giros y formas gramaticales, ¿por qué habríamos de insistir en el viejo uso frente al nuevo? Podría indicarse todo lo más la innovación frente a lo que había, pero deberíamos rendirnos ante la evidencia de que no se puede detener el cambio en la lengua, como no se puede detener la corriente de un río. A fin de cuentas hablamos una lengua que es el resultado de hablar mal otra durante dos mil años.

Disiento pues del objetivo de dichos programas. Disiento del concepto único de hablar bien, disiento de uniformar lengua y habla, según los conceptos saussurianos. Para mí, como para otros, hablar bien es emplear en cada contexto de interlocución el registro de habla adecuado. De la misma manera que sería ridículo que yo, en la barra de un bar, con parroquianos comentando un partido, dijera con seriedad: “el defensa izquierdo contrario tiene una habilidad inquietante para imprimir duros golpes a las extremidades de nuestros delanteros” –imagínense las miradas furtivas y el inmediato cachondeo-, también sería inapropiado escuchar en mi clase universitaria: “Jo, tío, el diccionario de Corominas mola mogollón” –como ocurrió realmente. Cuando le comenté a la alumna en cuestión algo parecido a lo que vengo comentando, se mostró muy ofendida. Sus compañeras me censuraron duramente con la mirada y una de ellas me advirtió que era la que más leía de todas. Lo cual podía ser cierto, pero el problema consistía en que ella, como muchas otras personas, no distinguen los contextos para distinguir los registros de habla y eso sí que es “hablar mal”. En una facultad universitaria esto no se puede pasar por alto si se hace inconscientemente, y si se hace conscientemente se asume una pobreza innecesaria y limitadora, lo que tampoco es adecuado precisamente en el ámbito donde se muestran la riqueza y las infinitas posibilidades de la expresión lingüística.

Creo que lo maravilloso del lenguaje consiste precisamente en poder utilizar todos los variados registros del habla, modificando el vocabulario y la gramática para adaptarse a los diferentes contextos de interlocución y comunicarse con la mayor expresividad. No debería predicarse pues la bondad o superioridad de un registro sobre otros, sino mostrar la distinción de las diferentes situaciones de comunicación y enseñar a distinguir y a disponer de los registros de habla adecuados.